El concepto y el abordaje de la violencia basada en el género ha evolucionado gracias al enfoque interseccional que nos ha llevado a comprender que las violencias machistas responden a todo un entramado estructural y simbólico al considerar múltiples dimensiones en las relaciones sociales y de contexto.
Visibilizando así, otros ejes de privilegios/opresión, desigualdad y discriminación como son: la clase, la raza, la etnia, la edad, las identidades de género no normativas, la diversidad sexual, la diversidad funcional, el territorio, entre otras; teniendo como referencia la estructura social, económica, cultural y la institucionalidad, y sus interrelaciones en el ámbito público y privado.
Para prevenir las violencias machistas, la interseccionalidad, como herramienta analítica, proporciona elementos para valorar el impacto de las violencias machistas, que puede ser desproporcionado en contextos de conflicto o de mayores condiciones de vulnerabilidad. Así también, este enfoque nos invita a evitar las “etiquetas” identitarias que encasillan y condenan per se a grupos poblacionales que han estado marginados de las lógicas de poder y heteronormativas.
Por tanto, la prevención de las violencias machistas en este marco interseccional debe realizar análisis multinivel que evidencie las causas estructurales de la violencia y tomar medidas en todas sus dimensiones, desde los análisis concretos que den respuesta a las necesidades específicas, a las diversidades identitarias y a la heterogeneidad de las mujeres, niñas y población que no cumpla con los mandatos del sistema patriarcal. Así como la valoración de la capacidad de agencia y la participación de los y las destinatarias de la acción. Son aspectos fundamentales para garantizar las transformaciones sociales que el mundo necesita para vivir una vida libre de violencias.

